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Villa del Rosario, Norte de Santander, Colombia
Presidente del Centro de Historia e Investigaciones de Villa del Rosario. Autor de la Ruta Turística Viajando por la Capital de la Gran Colombia en rescate de nuestra identidad. Coautor del libro Viajando por la Capital de la Gran Colombia a través de la recreación en el medio natural

martes, 6 de mayo de 2014

seis de mayo de 1821, Instalación del Congreso de la Gran Colombia Villa del Rosario (N-S) Colombia.

EL CONGRESO DE LA GRAN COLOMBIA EN VILLA DEL ROSARIO


domingo, 29 de septiembre de 2013

NICOLÁS MAURICIO DE OMAÑA Y RODRÍGUEZ


Nació en Villa del Rosario el 22 de Septiembre de 1780. Hijo de don Juan Antonio de Omaña y Juana Lucía Rodríguez y Sánchez.
Nicolás Mauricio de Omaña y Rodríguez fue bautizado un día después de su nacimiento es decir el 23 de septiembre de 1780 en la parroquia de Nuestra Señora del  Rosario, según partida de bautismo.  
Don Nicolás Mauricio siguió la carrera del sacerdocio, habiendo llegado a ser el Rector del Colegio San Bartolomé en la ciudad de Santafé de Bogotá donde estudio su sobrino el General Francisco de Paula Santander y de quien él era su tutor.
Don Nicolás Mauricio fue uno de los más entusiastas animadores del movimiento revolucionario del 20 de Julio de 1810. Tanto es así, que la firma del padre Omaña quedó estampada en el acta de independencia levantada en la capital de la república, por haber sido uno de los vocales constituyentes de la Junta encargada del Supremo Gobierno del Reino, designados por el pueblo que se amotinó en la plaza principal el mismo día. Estuvo, pues, en la gran fecha al lado de José Acevedo y Gómez, Camilo Torres, de su paisano el doctor Fruto Joaquín Gutiérrez de Caviedes y de tantos otros ilustres directores de la insurrección republicana.
Antes de reventar en Bogotá la semilla emancipadora, el padre Omaña y Rodríguez había ingresado en el cuerpo de abogados de la Real Audiencia de donde pasó a ser rector de la iglesia del Sagrario, examinador sinodal del arzobispo y prebendado de la catedral. Desempeñó asimismo, los cargos de Promotor Fiscal, Vocal de la Junta principal de Sanidad, Defensor General de Obras Pías, Consultor del Santo Oficio de la Inquisición y Profesor del Colegio de San Bartolomé, que rigió  después con notable ilustración. Toda la obra literaria del padre Omaña fue recogida en el famoso Semanario de Caldas.         
Para el 20 de Julio de 1810 el doctor Nicolás Mauricio de Omaña era cura Rector de la catedral de Santafé. Dentro del plan de organización de la guerra por parte de los patriotas, junto con el entusiasta republicano don Pedro de la Lastra, el padre Omaña recibió la comisión del supremo gobierno de Cundinamarca de trasladarse a los Estados Unidos a contratar elementos bélicos y gestionar la traída de dos imprentas.
De regreso a la patria junto con su compañero a fines de 1811, encontrábase en Cartagena el 11 de Noviembre, día de su  pronunciamiento a la libertad. Conocidas por el pueblo las ideas republicanas del doctor  Omaña y Rodríguez, al igual que el de Bogotá le designó su representante en la junta. Omaña se excusó; más  no se le admitió la excusa y con vivas y entusiasmo se le obligó a tomar asiento en el puesto señalado.
Después de haberse llevado a cabo el juramento de independencia de Cartagena, el pueblo tomó las armas en su poder, dejando tan solo con destino a Cundinamarca los fusiles que se hallaban en manos de don Pedro Lastra.
El día 14 de Diciembre de 1811, luego del solemne Tedeum, dice La Gaceta Ministerial de Cundinamarca que “el generoso pueblo de Cartagena, en medio de las expresiones de su alegría, buscaba al doctor Omaña, a don Pedro Lastra y a don Manuel A. Rubla  y demás vecinos de Santafé, congratulándose con ellos de que ya se hubieran acabado las competencias de Santafé y Cartagena y prorrumpiendo en los más agradables gestos, decían: ¡Viva la independencia! Viva Santafé! ¡Viva Cartagena!
El doctor Omaña trajo de Filadelfia a un joven profesor de idiomas para enseñar el inglés en Santafé. Por eso se tiene a tan ilustre patriota como el fundador de la cátedra de la lengua inglesa en Colombia.
El padre Omaña continuó en Cundinamarca prestando valiosísimos servicios en los ramos eclesiástico y civil, a cuyo paso dejó la huella de su gran inteligencia y de su probada capacidad. Fue representante al Congreso en varias ocasiones y  presidente de éste en algunas oportunidades. En 1816 cuando sentó sus bases en la capital de la república Pablo Morillo el padre Omaña estaba consagrado al ministerio sacerdotal en su parroquia; mas, como hubiese tenido actuación sobresaliente en la preparación y organización revolucionarias contra los poderes de Fernando VII, de sus actos fue ordenada llevarse a cabo la investigación correspondiente para juzgarlo. En efecto, formulado convenientemente el proceso conforme a los deseos de Morillo, e iniciada por éste la marcada época de cruel persecución por la que se llevó al exilio a clérigos de la más alta categoría, al doctor Nicolás Mauricio de Omaña, le correspondió el destierro en la zona de La Guaira (Venezuela), hacia la cual salió  en Septiembre de 1816, de donde no volvió a regresar a su patria,  pues allí murió el 5 de Abril de 1817.   


LINO MARIA NICOLAS  RAMIREZ  OMAÑA

Hijo de don Cristóbal Santiago  Ramírez de Arellano y Chanove  y doña Isabel Rita de Omaña y  Rodríguez, tía carnal del General Francisco de Paula Santander, nació en Villa del  Rosario el 25 de septiembre de 1.785.

Recibió las aguas bautismales en la Parroquia   Nuestra Señora del Rosario de manos del presbítero doctor Iván  Antonio de Nava y fueron sus padrinos Don Juan Antonio Omaña Y Doña Juana Lucia Rodríguez abuela materna del General Francisco de Paula Santander Omaña.


 En Pamplona cursó primeras letras, teniendo por maestros al Agustino Fray Manuel Baños y a don Antonio Olarte, quien le enseñó números; luego se trasladó a Bogotá a continuar estudios. El movimiento Insurreccional del 20 de julio le halló en la capital, adhiriéndose  a él con entusiasmo y  fue  de los primeros en alistarse en las filas republicanas. Sentó plaza en el batallón "Granaderos", con grado de subteniente y se ensayó en las armas al lado de Baraya. En Sogamoso asistió a la junta de oficiales del 25 de mayo de 1.812 que proclamó el desconocimiento de Antonio Nariño y la alianza con el gobierno de Tunja. Después de participar en la campaña de Cundinamarca hasta la toma de Bogotá donde los federales sufrieron el rechazo del 9 de enero de 1.813, fue enviado al norte, promovido ya a Capitán y comandando las fuerzas enviadas por el gobierno de Pamplona en apoyo de Bolívar. Se incorporó a éste en San Cayetano y con él triunfó sobre Correa en Cúcuta, el 28 de febrero. De allí regresó a Cúcuta a tomar el mando de la plaza. Desempeñó otros mandos y comisiones en el año 1.814. Por el mes de julio de 1.816, el Teniente Coronel se hallaba enjuiciado como rebelde, según testimonio de Morillo. Era primo hermano del General Santander.
JOSÉ MARÍA GUTIÉRREZ DE CAVIEDES

Nació en Villa del Rosario  del matrimonio de don Juan Ignacio Gutiérrez de Caviedes con doña Ana Josefa Silva y Ferreira. Fue bautizado en la parroquia Nuestra Señora del Rosario el 18 de Noviembre de 1785. Fueron sus padrinos Don Joaquín Torres de Vila y Doña Manuela Ferrer.
Siguió la carrera de las letras. El virrey le confió una comisión muy importante para la villa de Mompós, consistente en poner en marcha el Colegio Universidad que en ésta había sido erigido por real cédula de 1808, a expensas del filántropo español don Pedro Martínez de Pinillos, hombre bienhechor de la rica y entonces populosa ciudad, a la que debía su alta fortuna.
También fue nombrado rector del Colegio Pinillos de Mompós, por haber renunciado al cargo el doctor Eloy Valenzuela.
El doctor José María Gutiérrez de Caviedes animo a sus discípulos y despertó  su fervor patriótico en forma tal, que a la cabeza de ellos se puso el día de la independencia de la ciudad de Mompós  el 6 de Agosto de 1810; recorrió las principales calles alentando al pueblo con su verbo de fuego hasta llegar a la plaza de El Tamarindo, después 6 de Agosto y Bolívar donde se destaca la estatua del libertador. Le acompañaron los miembros del Cabildo doctor Pantaleón G. Ribón y Segura, Germán, Vicente, Celedonio y Juan Gutiérrez de Piñeres, Manuel Muñoz, Nicolás Valest, José María Salazar y los presbíteros Juan Hernández  de Sotomayor y Picón y Luis José Serrano y Díaz. A las 9 de la mañana de aquel día aparecieron en dicha plaza ostentando en sus sombreros unas escarapelas blancas con la inscripción de ser  libres o morir.
El doctor Gutiérrez desde su primer discurso a los alumnos del Colegio sembró en ellos la semilla reivindicadora de los derechos de los hombres a ser libres y él con su pensamiento maravilloso echó las bases en sus alumnos para edificar la libertad de la cual era explosión el movimiento del 6 de Agosto. Él les había dicho al iniciar la clase de filosofía: “la experiencia de todos los siglos tiene acreditado que los pueblos ilusos e ignorantes, que por muchos años gimieron en la infelicidad y en  la miseria, jamás se desenvolvieron de sus cadenas, ni subieron a la gloriosa cumbre de la libertad y del poder, hasta que adquirieron luces y cultivaron con empeño la filosofía.”
Después de haber firmado, el acta de independencia de la ciudad valerosa, se dirigió a Bogotá donde recibió el nombramiento de Coronel de Ingenieros, con el encargo de levantar cartas topográficas y planes de fortificación durante sus campañas de 1813.
Pero quizá lo más notable de entonces en la vida del doctor Gutiérrez es que asiste con el sabio Caldas a la fundación en Medellín de la famosa Academia de Ingenieros Militares, donde fue profesor de altas matemáticas.  
Precisamente con una columna de 200 hombres, aprovisionados de elementos fabricados en Medellín entonces, marchó Gutiérrez de Caviedes por orden de Corral a la campaña del Cauca a fines de 1813 y principios de 1814 para compartir la desgraciada suerte que habría de caber al ejército de Nariño. Y fue en esta campaña en la que El Fogoso, nombre con que le distingue la posteridad, cayó prisionero para después ser fusilado en la ciudad de Popayán el 19 de Septiembre de 1816.    


GENERAL PEDRO FORTOUL

JUAN NEPOMUCENO PEDRO FORTOUL SÁNCHEZ

Nació el 27 de Mayo de 1780 en la Villa del Rosario. Hijo de Esteban José Fortoul y María Inés Sánchez Osorio y Rangel de Cuellar. Sus hermanos María del Carmen, Bárbara Josefa, Juana Evangelista, Eduardo y María Cleofe.
Recibió las aguas bautismales en la parroquia de Nuestra Señora del Rosario un día después de su nacimiento de manos del presbítero Juan Ignacio Gutiérrez. Sus primeras letras las recibió en esta Villa de manos de su profesor don Agustín Salazar en la escuela que funcionaba en esta población.
Su primo el General Francisco de Paula Santander en la Gaceta de la Nueva Granada en el número 29 de Enero de 1837, sostiene que Pedro Fortoul recibió educación en el Colegio San Bartolomé de Bogotá, pero la muerte de su padre lo obligó a dejar la carrera de estudios y dedicarse a la agricultura y al comercio. Muerto su padre el 25 de Enero de 1797, don Pedro Fortoul  como hijo mayor se pone al frente del hogar Fortoul-Sánchez en el ejercicio de cuidar y administrar los bienes dejados por su padre especialmente de las haciendas de La Palmera, denominada posteriormente El Palmar a inmediaciones de la población del Rosario y la de San Nepomuceno de Guaramito, en territorio de San Faustino de los Ríos.
Don Pedro Fortoul contrajo matrimonio a los 35 años de edad en esta Villa, con la dama rosariense doña Manuela García Nava, el 28 de Agosto de 1805.  
Llegado el estallido de la guerra de independencia el 20 de Julio de 1810 y el oleaje de patriotismo que por todas partes hace palpitar de entusiasmo a los amigos de la causa republicana enciende sus espíritus y los lleva a formar en ciudades, villas y poblaciones apartadas de Santafé batallones de combate para enfrentarse a las fuerzas del rey. En consecuencia y para apoyar a los revolucionarios se constituye en los valles de Cúcuta el batallón de milicias, al cual ingresa Fortoul desde el 6 de Agosto de 1810 con el cargo de Teniente.
Liberados estos valles a consecuencia de la acción victoriosa del Libertador Simón Bolívar el 28 de Febrero de 1813 y entregada a Santander la comandancia de las fuerzas del norte cuando aquel emprendió la campaña de Venezuela, Fortoul acompaña a éste cuando se dirige a combatir a Matute que se hallaba sobre Capacho, donde lo derrota en el sitio de Lomapelada el 12 de Septiembre del citado año; esta victoria origina su ascenso a Teniente Coronel graduado. 
En 1813 fue nombrado Capitán de milicias de Villa del Rosario y al frente de ellas se batió como buen soldado en los combates de Lomapelada, Capacho y Llano Carrillo, distinguiéndose en este último de una manera notable el 18 de Octubre de 1813.
Fortoul  fue de los pocos oficiales que con Santander se salvaron en la derrota de Carrillo, atacadas las fuerzas republicanas por Lizon en octubre de 1813.
En la certificación que de sus documentos hace el juez primero municipal de la Villa del Rosario el 3 de julio de 1832, aparece que Fortoul presento un oficio fechado en el cuartel general de El Palmar, a 8 de mayo de 1819,  del General Santander, jefe del ejército de Casanare  y dirigido al señor mayor general del mismo, Pedro Fortoul, en que le encarga pase a Arauca a la colección del ganado necesario para la subsistencia de la tropa en Tame porque allí se carecía de este articulo y que se incorpore inmediatamente al ejército. 
Posesionado Domingo Guerrero de la gobernación de la provincia de Pamplona en reemplazo de Fortoul, éste acompaña con las tropas de su mando al General Soublette en la batalla que se libró en el sitio de Juan Frio, jurisdicción del Rosario, el 23 de septiembre de 1819.
Con fecha 2 de octubre de 1827, el presidente de la república, General Simón Bolívar dicta el decreto por el cual, atendiendo a los méritos y servicios del General de brigada Pedro Fortoul, he venido en ascenderle a General de División, con previo acuerdo y consentimiento del Senado y en uso de la autorización que concede al poder ejecutivo en decreto sancionado el 29 de septiembre de 1827.
En 1832 el General Fortoul volvió a prestar sus valiosos servicios a la patria, unas veces como representante a la cámara, otras como jefe político del cantón del Rosario.
Para el año 1837 Fortoul se hallaba en la Villa de Cúcuta, agobiado un tanto por el peso de los terribles sufrimientos de que se vio rodeada la mayor parte de su valiosa existencia. Continua acentuándose la gravedad que le había reducido al lecho y conducido a Cúcuta el día 5 de enero de 1837, en las primeras horas falleció allí. Por voluntad de sus familiares, el mismo día 5 su cadáver fue trasladado a la Villa del Rosario donde se hizo el entierro público.


MANUEL MARÍA LIZARDO PEÑA


El padre Lizardo nació en   Maracaibo (Venezuela) en 1826  y era hijo legítimo de Wilfrido Lizardo y María Peña.
En su gran estadía en el Táchira fue Presidente de la Asamblea Constituyente del Estado Táchira; Diputado por el Táchira al Congreso Nacional; Representante por el Distrito San Cristóbal para el Gran Jurado Electoral del Estado; Diputado a la Legislatura del Táchira; poeta, orador elocuente, mecenas de la educación, filántropo y Presidente del Concejo Municipal del Distrito San Cristóbal.
Dada la importancia que tenía la parroquia de la Villa del Rosario, el obispo Parra de Pamplona propuso un concurso para dotar de párroco a la iglesia de Nuestra Señora del Rosario, resultando vencedor el presbítero doctor Manuel María Lizardo que en ese momento se encontraba en la ciudad de Chinácota y venia de la iglesia San Juan Bautista de San Cristóbal (Venezuela).
El padre Lizardo se vino de Venezuela en condición de asilado y llego a la Villa del Rosario en Febrero de 1886 reemplazando al doctor Elio Caicedo.
Aquí, primeramente dedicó sus energías a la terminación del pequeño templo iniciado en la nueva población después del terremoto del 18 de Mayo de 1875; a la fundación del Hospital del Sagrado Corazón de Jesús que junto al templo ordeno levantar y a una capilla contigua a éste y a la reconstrucción del Templo Histórico el cual inauguro en 1897.
Al hospital del Sagrado Corazón de Jesús lo llamó la niña de sus ojos e inicio sus primeros trabajos con 50 pesos de proventos parroquiales. Se pusieron las bases del edificio y con la constancia y acción del padre Lizardo al poco tiempo se levantó el hermoso asilo con arcos y columnas de mampostería y departamentos para enfermos de ambos sexos. Junto al salón principal construyó una celda destinada para él, para cuando los achaques de la vejez no le permitieran continuar en el ejercicio de su sagrado ministerio.
Terminada la obra la bendijo solemnemente y la doto de un bien surtido botiquín para atender a los enfermos.
La pequeña iglesia fue decorada por él, tapizada y convertida en pequeño santuario. El retablo de la milagrosa Virgen de Nuestra Señora del Rosario que presencio la instalación del Congreso Constituyente de 1821 y paso el terremoto de 1875, fue colocado en hermoso ostensorio, con rico manto traído expresamente para tan gran señora.
La Virgen y su niño recibieron sendos rosarios de oro macizo, coronas, cetros, pectorales y pulseras del mismo metal acomodados al cuadro.
El padre Lizardo también trajo un armonio y un organista que había desempeñado su oficio por varios años en la catedral de Pamplona.
Después del seminario de Pamplona en la iglesia del Rosario, fue donde se entonó las melodías de música gregoriana en esta diócesis.
Al cabo de algunas años de consagrada administración espiritual de esta parroquia, los compatriotas del padre Lizardo solicitaron su regreso a la ciudad Maracaibo, teniendo en cuenta que los motivos por los cuales se había asilado ya no existían. Durante meses estuvieron insistiéndole hasta conseguir que el padre Lizardo resolviese su regreso, no sin que antes hiciera públicas declaraciones de su profunda tristeza al tomar esa medida, a los habitantes de la Villa, quienes tenían muchos motivos para profesarle gran aprecio y cariñoso respeto. Para esta época el padre Lizardo vivía en lo que es hoy la calle 5 con carrera 9.
Para conducir al padre Lizardo a su ciudad natal llego una comisión especial de caballeros venezolanos. Él y su comitiva montados en caballos salieron de su casa de habitación y el padre pidió dirigirse a la iglesia con la finalidad de despedirse de la patrona de la Villa. Cuando estuvieron frente a la iglesia, de repente y en medio de la gran sorpresa y consternación de los presentes, la bestia que le conducía salta asustadiza y el padre cae al suelo, en forma tal, que le ocasionó maltratamiento, imposibilitándolo para continuar la marcha. El padre, reflexionando sobre este incidente, cuentan que hizo votos a la Virgen del Rosario de no abandonar la población a menos que la jerarquía eclesiástica lo promoviese. En efecto, así lo cumplió el nobilísimo sacerdote, a quien tanto se le amó en esta Villa y murió el 11 de Octubre de 1899 a las doce y quince minutos en el hospital que el mismo construyó.
Fue sepultado el 12 de octubre en horas de la tarde en el cementerio de esta población en un sepulcro especial que el pueblo le tenía preparado.


DISCURSO EN LAS HONRAS FÚNEBRES DEL DR. JOSÉ JACINTO MANRIQUE BAEZ

DISCURSO DE LUIS EDUARDO NAVA EN EL CEMENTERIO DE VILLA DEL ROSARIO EL 25 DE JUNIO DE 1947 EN LAS HONRAS FÚNEBRES DEL DR. JOSÉ JACINTO MANRIQUE  BAEZ 

Una expresión honda de dolor se refleja en todos los semblantes de esta distinguida concurrencia que acompaña  los despojos mortales de ese gran benefactor que se llamó en vida José Jacinto Manrique. Y en verdad que esta expresión de sentimiento tiene razón de reflejarse con amargura y sinceridad, por cuanto lleva envuelta una viva simpatía para el ilustre muerto que en breves momentos entregaremos a la madre tierra.

Y cómo es de grande y noble cumplir con las obras de misericordia cuando en su espontáneo cumplimiento lleva en si la gratitud, por favores recibidos superabundantemente. Con qué sinceridad brota el elogio al exaltar las virtudes y merecimientos de este gran benefactor, cuyas frías manos que tanto se movieron para dulcificar el dolor humano, hoy se hallan aprisionadas al crucifijo amoroso como única esperanza y el único consuelo de la vida terrena, para presentarlas como ejemplo, el más digno de imitarse, en la casi totalidad de las diversas facetas de que se compone su vida pública. De ahí que yo, con toda devoción y respeto exprese ante vosotros unas pobres palabras, emocionadas y sinceras, para despedir  al caro amigo, que os recuerden, al borde de su tumba, su vida tormentosa muchas veces, apacibles otras, pero siempre dedicada a servirle a la humanidad con todas las potencias de su alma nobilísima.

Y al cumplir con este sagrado deber de amistad y de  cariñosa recordación, quiero ser  intérprete de todos los habitantes de mi tierra, que casi sin excepción encontraron en su amable corazón, un océano de bondad, un consuelo a sus penas, un consejo prudente y caritativo y casi siempre el bálsamo de la salud para todos los que buscaron en la fuente de su sabiduría el acierto para mitigar las dolencias corporales.

Porque el doctor Manrique, con esa  vastísima inteligencia conque Dios lo dotó, con ese acopio de conocimientos tan maravillosos que poseía en las diversas ramas del saber humano, con esa certeza conque diagnosticaba a los pacientes, la cual llegó a tener renombre en estas vastísimas regiones, se colocó a una altura superior en el cuerpo médico de esta frontera colombo venezolana y fuera consultado con verdadero afán por sus mismos colegas que tras la brega de acertar en sus casos delicados puestos en sus manos, acudían a él como la última  palabra para seguir una línea precisa en la lucha contra las enfermedades.

El Rosario, pues, no puede olvidar nunca a este gran benefactor y no pueden olvidarlo ninguna de las clases sociales, porque a todas sirvió con afán de hacer el bien, de mitigar las penas y de llevar consuelo a sus amarguras corporales. Y especialmente los pobres, lloran hoy su ausencia definitiva, porque el doctor Manrique jamás pensó en llenar sus arcas con el fruto de su elevada misión; acudía con presteza y buena voluntad, aún  con peligro de su salud cuando estaba enfermo, a la cama del paciente; luchaba sin descanso por quitarle una presa a la muerte y cumplida su labor a toda hora y en todo momento,  regresaba a su hogar, muchas veces amargado de no haber sido llamado a tiempo para su propia satisfacción y la alegría de los familiares del enfermo. Pero repito, sus manos jamás se extendieron para pedir el fruto de su trabajo. No le interesaron esos pequeños menesteres y por eso, todos lo sabemos, murió en la mayor  pobreza, únicamente con la esperanza de recibir del todopoderoso el premio que Dios sabe dar a los que confían con fe y con constancia, en sus eternos galardones. Todos los habitantes del Rosario somos testigos de esa dolencia mortal que lo acompañó la mayor parte de su vida; somos testigos de aquellos ataques que lo ponían a las puertas del sepulcro y cómo en ése estado delicado, por segunda persona consultaba sus obras hasta que daba con la clave de la medicina salvadora y la vida volvía a sonreír. Yo fui testigo de todo ese afán una y muchas veces y de ahí que cada vez que fuera aumentando en mi espíritu ese respeto profundo, esa admiración tan grande al prudente y sabio médico, esa adhesión inquebrantable que para su persona siempre tuve.

Todos los que gozamos de su amistad  íntima, sentíamos una verdadera delectación espiritual al oírlo comentar, con su palabra tinosa y sabia, no sólo problemas de actualidad, sino sobre cualquier punto de Historia Universal, sobre religión, sobre política, en una palabra, sobre cualquier tema por profundo que fuera.

El doctor Manrique era un hombre pensador e inquieto por conocer la razón de las cosas; como tal, indiscutiblemente tuvo sus errores en los albores de su vida, la juventud lo envolvió en las ideas de su tiempo; el mismo lo confesaba con amargura públicamente; pero Dios le dio la dicha de conocer sus errores y alejarse de ellos con intimo convencimiento, con fe  profunda hacia las verdaderas doctrinas de la iglesia católica y pasado ese nubarrón que oscureció el horizonte de su vida, lo vimos después armado con la gracia de la fe, ser un hombre modelo en la práctica de las virtudes cristianas, hasta su muerte, que al decir de las afortunadas personas que estuvieron a su lado, bendecido con las gracias que la iglesia tiene para sus hijos en estos trances amargos, con el consuelo sacerdotal que es la dulce panacea que anhelamos al traspasar los lindes de la eternidad.

Nacido el doctor Manrique en la simpática tierra boyacense de Belén de Cerinza, parte de su juventud la vivió en nuestro hermano departamento de Santander y luego se dirigió a la hospitalaria tierra venezolana, en donde comenzó sus estudios de medicina y ya para terminar su carrera, las luchas políticas de nuestro país hermano lo envolvieron en sus redes y trajinando allá y aquí en esas actividades guerreras, halló vasto campo para la práctica de la medicina en los campos de batalla, hasta que vino a radicarse definitivamente en esta tierra histórica, que siempre lo consideró como su hijo muy dilecto y por lo cual, en la época en que se cumplieron jornadas centenarias de patriótica recordación, puso todo el empeño de su inteligencia para hacer revivir el nombre de este glorioso rincón de la patria y sacarlo del olvido en que por muchos años estuvo la cuna del general Santander. Lápidas, monumentos, discursos, de todo se valió el doctor Manrique para revivir su pasado histórico. Un ejemplo vivo e inmortal para las generaciones que hoy se levantan, queda en el corazón de todos sus hijos como una fuente inagotable de amor a las reliquias de la patria y a esta tierra que amorosamente va a conservar sus cenizas para siempre.

Vino luego su actuación en la vida pública del Rosario. Como ciudadano perteneció a un glorioso partido de los que tradicionalmente han regido los destinos de la patria: el partido conservador y le sirvió a esa causa con lealtad a los principios doctrinarios y este partido lo honró con diversos cargos de confianza en distintas administraciones, ya en el ejecutivo, ya en lo legislativo municipal, relievándose en todas sus administraciones como un apasionado defensor de esta tierra y un constante propulsor de su progreso, de todo lo cual hay varias obras que pregonan su acendrado afecto.

De ahí pues que el Honorable Concejo actual haya querido vincularse a la pena que todos sus habitantes experimentamos con su partida definitiva y haya dispuesto, con un justo homenaje  a su memoria, el que sus exequias sean costeadas por el tesoro público y colocado su cadáver en el salón de sesiones en cámara ardiente, en ese mismo salón que él propulsó por su decoración severa y elegante y en donde su palabra reposada, serena y altiva, resonó en muchas ocasiones teniendo siempre como lema el adelanto y la prosperidad municipal.

Doctor Manrique: Te has adelantado a llegar al puerto donde no se regresa. Descansa en paz, porque fuiste fiel a tu linaje de hombre bueno hasta el momento de morir, con ese valor estoico que solo conocen las almas grandes y los caracteres mejor templados. Yo puedo decirte como un tributo de cariñosa recordación y de peremne gratitud, que moriste como un caballero cristiano y que viviste como un hombre completo; que supiste sobreponerte a la tragedia de tus últimos días con la confianza en el Dios de las misericordias que habrá de recompensarte y que tendrás siempre un sitio de afecto en el corazón de los buenos hijos del Rosario, de aquellos amigos que disfrutamos de tu generosa amistad y que valoramos los méritos auténticos de tu personalidad atrayente y vigorosa.

Que sepan todos sus familiares con qué emoción cumplimos este sagrado deber y por qué esta irremplazable pérdida nos hace coparticipes de su mismo dolor, de su misma angustia, de su mismo sentimiento.

He dicho.    

JOSÉ JACINTO MANRIQUE BAEZ



Nació en Cerinza (Boyacá) el viernes 11 de Septiembre de 1863. Su padre Agustín Manrique, su madre Narcisa Báez.  Casado con la señora Justina Carrillo unión de la cual nacieron Justina, María Cristina y José Jacinto.  
En 1.895, inició  la construcción de su hermosa casa, que ocupaba casi toda una manzana y que desgraciadamente hoy esta mutilada y con su pasadizo secreto completamente tapiado.
La construyó  con cuatro ventanas de cuerpo entero; dos al sur y dos al norte, con su portón y contraportón para poder ingresar, montado a caballo, hasta su patio principal.
En la parte posterior de la casa le construyó un sótano donde preparaba sus medicamentos.
Junto al sótano construyó el túnel que en la actualidad tiene su entrada obstruida y fue allí  donde escondió las armas y a sus amigos que lucharon en la guerra de los 1.000 días.
Conocía todas las ramas de la medicina; curaba enfermos mentales, era partero, cirujano, pero lo más singular de este bondadoso médico, era que no le cobraba a los pobres por su consulta e incluso les regalaba la medicina para su curación. 
Acostumbraba dormir en un ataúd cuando se sentía enfermo. También era su costumbre que cuando moría algún pobre y su familia no tenía con que comprar el cajón, regalaba el suyo y encargaba otro al señor Luís Lamus quien hacía los ataúdes.  
 Era tal su fama y lo acertado en los diagnósticos que cuando algún paciente era llevado a la ciudad de Cúcuta para ser visto por otro galeno, éste preguntaba: ¿de dónde vienen? y al responderle que de Villa del Rosario, volvía a preguntar ¿ya lo vio Manrique? Al responderle que sí, surgía el nuevo interrogante ¿qué dijo Manrique? Al contestarle que había dicho que ya no se podía hacer nada, inmediatamente llamaba a los familiares aparte y les decía: prepárense para el desenlace final. 
Llegó a este municipio a finales del siglo XIX y fue  alcalde en 4 ocasiones.
Construyo el segundo acueducto del municipio en 1918 con tubería de dos pulgadas que iniciaba de Puente Tierra por la carrera 8 y llegaba hasta la calle 5 frente al parque Pedro Fortoul hoy parque Los libertadores donde había un tanque que fue bautizado con el nombre de Manrique.
El 6 de Mayo de  1.921 siendo alcalde, cuando se cumplían 100 años de haberse celebrado el  Congreso de la Gran Colombia, inauguro  los monumentos del parque Centenario de la zona histórica, le sembró los árboles y las plantas que lo adornaron  hasta su reforma en 1.971.
Otra de las virtudes del doctor Manrique era que tocaba piano a dos manos con sus  hijas Justina  y María Cristina.
Con la imprenta que adquirió  en 1.908,  fundó el Semanario “Ecos de la frontera” en 1.913. A través de este Semanario luchó  incansablemente por el progreso de la población y fomentó la hermandad colombo-venezolana.
Después del Hospital del Sagrado Corazón de Jesús construido por el padre Manuel María Lizardo, esta casa fue el segundo hospital en importancia desde 1.900, hasta el momento de su deceso  acaecido el 24 de Junio de  1.947 a la una y media de la tarde por paro cardiaco.
Todos los que gozaron de su amistad  íntima, sentían  una verdadera delectación espiritual al oírlo comentar, con su palabra tinosa y sabia, no sólo problemas de actualidad, sino sobre cualquier punto de Historia Universal, sobre religión, sobre política, en una palabra, sobre cualquier tema por profundo que fuera. El doctor Manrique era un hombre pensador e inquieto por conocer la razón de las cosas.

El Rosario, pues, no puede olvidar nunca a este gran benefactor y no pueden olvidarlo ninguna de las clases sociales, porque a todas sirvió con afán de hacer el bien, de mitigar las penas y de llevar consuelo a sus amarguras corporales. Y especialmente los pobres, lloran hoy su ausencia definitiva, porque el doctor Manrique jamás pensó en llenar sus arcas con el fruto de su elevada misión; acudía con presteza y buena voluntad, aún  con peligro de su salud cuando estaba enfermo, a la cama del paciente; luchaba sin descanso por quitarle una presa a la muerte y cumplida su labor a toda hora y en todo momento,  regresaba a su hogar, muchas veces amargado de no haber sido llamado a tiempo para su propia satisfacción y la alegría de los familiares del enfermo. Pero, sus manos jamás se extendieron para pedir el fruto de su trabajo. No le interesaron esos pequeños menesteres y por eso, murió en la mayor  pobreza, únicamente con la esperanza de recibir del todopoderoso el premio que Dios sabe dar a los que confían con fe y con constancia, en sus eternos galardones.