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Villa del Rosario, Norte de Santander, Colombia
Presidente Asociación Centro de Historia e Investigación de la Villa del Rosario. Autor de la Ruta Turística Viajando por la Capital de la Gran Colombia en rescate de nuestra identidad. Coautor del libro Viajando por la Capital de la Gran Colombia a través de la recreación en el medio natural

domingo, 29 de septiembre de 2013

DISCURSO EN LAS HONRAS FÚNEBRES DEL DR. JOSÉ JACINTO MANRIQUE BAEZ

DISCURSO DE LUIS EDUARDO NAVA EN EL CEMENTERIO DE VILLA DEL ROSARIO EL 25 DE JUNIO DE 1947 EN LAS HONRAS FÚNEBRES DEL DR. JOSÉ JACINTO MANRIQUE  BAEZ 

Una expresión honda de dolor se refleja en todos los semblantes de esta distinguida concurrencia que acompaña  los despojos mortales de ese gran benefactor que se llamó en vida José Jacinto Manrique. Y en verdad que esta expresión de sentimiento tiene razón de reflejarse con amargura y sinceridad, por cuanto lleva envuelta una viva simpatía para el ilustre muerto que en breves momentos entregaremos a la madre tierra.

Y cómo es de grande y noble cumplir con las obras de misericordia cuando en su espontáneo cumplimiento lleva en si la gratitud, por favores recibidos superabundantemente. Con qué sinceridad brota el elogio al exaltar las virtudes y merecimientos de este gran benefactor, cuyas frías manos que tanto se movieron para dulcificar el dolor humano, hoy se hallan aprisionadas al crucifijo amoroso como única esperanza y el único consuelo de la vida terrena, para presentarlas como ejemplo, el más digno de imitarse, en la casi totalidad de las diversas facetas de que se compone su vida pública. De ahí que yo, con toda devoción y respeto exprese ante vosotros unas pobres palabras, emocionadas y sinceras, para despedir  al caro amigo, que os recuerden, al borde de su tumba, su vida tormentosa muchas veces, apacibles otras, pero siempre dedicada a servirle a la humanidad con todas las potencias de su alma nobilísima.

Y al cumplir con este sagrado deber de amistad y de  cariñosa recordación, quiero ser  intérprete de todos los habitantes de mi tierra, que casi sin excepción encontraron en su amable corazón, un océano de bondad, un consuelo a sus penas, un consejo prudente y caritativo y casi siempre el bálsamo de la salud para todos los que buscaron en la fuente de su sabiduría el acierto para mitigar las dolencias corporales.

Porque el doctor Manrique, con esa  vastísima inteligencia conque Dios lo dotó, con ese acopio de conocimientos tan maravillosos que poseía en las diversas ramas del saber humano, con esa certeza conque diagnosticaba a los pacientes, la cual llegó a tener renombre en estas vastísimas regiones, se colocó a una altura superior en el cuerpo médico de esta frontera colombo venezolana y fuera consultado con verdadero afán por sus mismos colegas que tras la brega de acertar en sus casos delicados puestos en sus manos, acudían a él como la última  palabra para seguir una línea precisa en la lucha contra las enfermedades.

El Rosario, pues, no puede olvidar nunca a este gran benefactor y no pueden olvidarlo ninguna de las clases sociales, porque a todas sirvió con afán de hacer el bien, de mitigar las penas y de llevar consuelo a sus amarguras corporales. Y especialmente los pobres, lloran hoy su ausencia definitiva, porque el doctor Manrique jamás pensó en llenar sus arcas con el fruto de su elevada misión; acudía con presteza y buena voluntad, aún  con peligro de su salud cuando estaba enfermo, a la cama del paciente; luchaba sin descanso por quitarle una presa a la muerte y cumplida su labor a toda hora y en todo momento,  regresaba a su hogar, muchas veces amargado de no haber sido llamado a tiempo para su propia satisfacción y la alegría de los familiares del enfermo. Pero repito, sus manos jamás se extendieron para pedir el fruto de su trabajo. No le interesaron esos pequeños menesteres y por eso, todos lo sabemos, murió en la mayor  pobreza, únicamente con la esperanza de recibir del todopoderoso el premio que Dios sabe dar a los que confían con fe y con constancia, en sus eternos galardones. Todos los habitantes del Rosario somos testigos de esa dolencia mortal que lo acompañó la mayor parte de su vida; somos testigos de aquellos ataques que lo ponían a las puertas del sepulcro y cómo en ése estado delicado, por segunda persona consultaba sus obras hasta que daba con la clave de la medicina salvadora y la vida volvía a sonreír. Yo fui testigo de todo ese afán una y muchas veces y de ahí que cada vez que fuera aumentando en mi espíritu ese respeto profundo, esa admiración tan grande al prudente y sabio médico, esa adhesión inquebrantable que para su persona siempre tuve.

Todos los que gozamos de su amistad  íntima, sentíamos una verdadera delectación espiritual al oírlo comentar, con su palabra tinosa y sabia, no sólo problemas de actualidad, sino sobre cualquier punto de Historia Universal, sobre religión, sobre política, en una palabra, sobre cualquier tema por profundo que fuera.

El doctor Manrique era un hombre pensador e inquieto por conocer la razón de las cosas; como tal, indiscutiblemente tuvo sus errores en los albores de su vida, la juventud lo envolvió en las ideas de su tiempo; el mismo lo confesaba con amargura públicamente; pero Dios le dio la dicha de conocer sus errores y alejarse de ellos con intimo convencimiento, con fe  profunda hacia las verdaderas doctrinas de la iglesia católica y pasado ese nubarrón que oscureció el horizonte de su vida, lo vimos después armado con la gracia de la fe, ser un hombre modelo en la práctica de las virtudes cristianas, hasta su muerte, que al decir de las afortunadas personas que estuvieron a su lado, bendecido con las gracias que la iglesia tiene para sus hijos en estos trances amargos, con el consuelo sacerdotal que es la dulce panacea que anhelamos al traspasar los lindes de la eternidad.

Nacido el doctor Manrique en la simpática tierra boyacense de Belén de Cerinza, parte de su juventud la vivió en nuestro hermano departamento de Santander y luego se dirigió a la hospitalaria tierra venezolana, en donde comenzó sus estudios de medicina y ya para terminar su carrera, las luchas políticas de nuestro país hermano lo envolvieron en sus redes y trajinando allá y aquí en esas actividades guerreras, halló vasto campo para la práctica de la medicina en los campos de batalla, hasta que vino a radicarse definitivamente en esta tierra histórica, que siempre lo consideró como su hijo muy dilecto y por lo cual, en la época en que se cumplieron jornadas centenarias de patriótica recordación, puso todo el empeño de su inteligencia para hacer revivir el nombre de este glorioso rincón de la patria y sacarlo del olvido en que por muchos años estuvo la cuna del general Santander. Lápidas, monumentos, discursos, de todo se valió el doctor Manrique para revivir su pasado histórico. Un ejemplo vivo e inmortal para las generaciones que hoy se levantan, queda en el corazón de todos sus hijos como una fuente inagotable de amor a las reliquias de la patria y a esta tierra que amorosamente va a conservar sus cenizas para siempre.

Vino luego su actuación en la vida pública del Rosario. Como ciudadano perteneció a un glorioso partido de los que tradicionalmente han regido los destinos de la patria: el partido conservador y le sirvió a esa causa con lealtad a los principios doctrinarios y este partido lo honró con diversos cargos de confianza en distintas administraciones, ya en el ejecutivo, ya en lo legislativo municipal, relievándose en todas sus administraciones como un apasionado defensor de esta tierra y un constante propulsor de su progreso, de todo lo cual hay varias obras que pregonan su acendrado afecto.

De ahí pues que el Honorable Concejo actual haya querido vincularse a la pena que todos sus habitantes experimentamos con su partida definitiva y haya dispuesto, con un justo homenaje  a su memoria, el que sus exequias sean costeadas por el tesoro público y colocado su cadáver en el salón de sesiones en cámara ardiente, en ese mismo salón que él propulsó por su decoración severa y elegante y en donde su palabra reposada, serena y altiva, resonó en muchas ocasiones teniendo siempre como lema el adelanto y la prosperidad municipal.

Doctor Manrique: Te has adelantado a llegar al puerto donde no se regresa. Descansa en paz, porque fuiste fiel a tu linaje de hombre bueno hasta el momento de morir, con ese valor estoico que solo conocen las almas grandes y los caracteres mejor templados. Yo puedo decirte como un tributo de cariñosa recordación y de peremne gratitud, que moriste como un caballero cristiano y que viviste como un hombre completo; que supiste sobreponerte a la tragedia de tus últimos días con la confianza en el Dios de las misericordias que habrá de recompensarte y que tendrás siempre un sitio de afecto en el corazón de los buenos hijos del Rosario, de aquellos amigos que disfrutamos de tu generosa amistad y que valoramos los méritos auténticos de tu personalidad atrayente y vigorosa.

Que sepan todos sus familiares con qué emoción cumplimos este sagrado deber y por qué esta irremplazable pérdida nos hace coparticipes de su mismo dolor, de su misma angustia, de su mismo sentimiento.

He dicho.    

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